21 jul. 2015

Arturito, el despedazado.

Hace un año y 4 meses escribía un post sobre el nuevo trabajo que conseguía en el Estado, sustituyendo a la anterior bibliotecóloga -cual madrastra- ya que ella consideraba a la Biblioteca como a su hijo.

Y luego de lo sucedido en las últimas semanas, puedo concluir que soy una mala madre.

Arturito, como denominé aquella vez a la Biblioteca por el nombre del General Fundador de la Institución, ha sido despedazado, destruido, eliminado, exterminado tal como se conocía y no sé si pueda a volver a ser todo como antes.

¿Qué sucedió? Resulta que el personal de la biblioteca (mi asistente y yo) estábamos en un local cedido hace  6 años por una universidad. Esa casa de estudios decidió ampliar la infraestructura y eso implicaba que la Biblioteca debía irse. Como en el Estado nunca sobra la plata (o eso te hacen creer), no había local a la vista al que pudiéramos mudarnos pronto o conseguir, en el mejor de los casos, otra casa de estudios que nos acogiera sin alquiler alguno.

A inicios de junio me indicaban que debía tener todo embalado en menos de un mes. Allí comenzó una tarea titánica que, sin embargo, me gustó bastante: no solo el hecho de colocar libros en cajas ordenadamente, sino el hecho de hacer una limpieza y expurgo... o descarte, como solemos llamarlo.

Resulta que Arturito era un "ser" apegado a los cachibaches, todo guardaba, nada eliminaba, nada destruía, era un caso crónico de "acumulador compulsivo". Mientras que recibía todo (tooooodo!) documento o publicación que era enviado a la Directora o al Jefe de la Institución, se habían acumulado un promedio de 30 cajas extra a la colección que estaba en los estantes.

Comenzamos con las cajas extra. Juana y yo decidíamos qué se iba y qué se quedaba. Cuando nos dimos cuenta que era mucho más lo que se iba que lo que se quedaba, buscamos alguna opción que no solo fuera deshojar el libro, colocarlo en bolsas y botarlo a la basura. Como teníamos torres inmensas de libros apilados, acudimos a la ayuda de una organización (EMAUS) que se llevara todo el papel. Así lo hicimos. Un día ellos vinieron con un camión y nos quitaron varios kilos de papel de encima.

Luego había una porción de libros que no eran lo suficientemente obsoletos como para ser eliminados. A esos libros les buscamos hogar: los que podían servir para bibliotecas comunales o públicas, lo separamos para una ONG que organiza bibliotecas en ciudades alejadas  de la capital. Hubo un par de libros a los que no pude encontrarle hogar: una colección del "Manual del Ingeniero Civil"... en japonés. Ni la Biblioteca del Centro Cultural Peruano Japonés quería recibirlo. En fin, esos libros todavía me acompañan. Quizás algún día conozca a ese "guapo" ingeniero civil que domine el idioma japonés.

Cuando eliminamos todo lo que teníamos y podíamos poner la colección en cajas, recibimos la visita de nuestra jefa. A ella le pareció que no hubiéramos avanzado como se suponía (no entendió todo el trabajo que estuvo detrás entre dos mujeres cargando y llevando cajas de un lugar a otro). Decidimos que si ella quería todo listo, todo listo lo tendría. Fue así que estuvimos listas para mudarnos un par de días antes que iniciara la mudanza.

Se nos había indicado que no todos los muebles de la Biblioteca irían a la Oficina de destino, algunos irían al Almacén (he ahí el por qué del nombre del post), ello implicaba que ya no tendríamos local propio (nos mudábamos con la jefa) y que no tendríamos los equipos completos para hacer las capacitaciones, ni el espacio suficiente para recibir visitas de usuarios. La peor noticia vino después, cuando nos dijeron que el estante de la colección no entraba en la oficina, por lo que tenían que llevárselo al almacén. Ello significaba que tampoco tendríamos colección disponible para aquel que quisiera consultar. Era la debacle de Arturito.

Para ponerle la cereza a la torta del exterminio de la Biblioteca, Juana ha sido designada a hacer tareas administrativas de los capacitadores que están de viaje o de vacaciones. Ella ya no verá, al menos por ahora, temas de la biblioteca. Con ello Arturito, despedazado a más no poder, y la bibliotecóloga, con una gran incógnita de su futuro laboral y personal.

Será que me persigue la destrucción? Y es que sacando cuentas, la última vez que estuve en el Estado, la salida fue porque ya no había Centro de Documentación al cual aferrarme: en una reducción de personal, mi jefe y  profesor de la universidad, tuvo que irse, dejando al Cendoc en cajas embaladas.  Felizmente que en ese tiempo solo era una practicante y tenía la oportunidad de encontrar tantas otras opciones de trabajo. Ahora las opciones se van reduciendo cada vez más.

Si Arturito hubiera sido un niño de verdad, qué hubiera sido de él!